Pensando y pensando, dibujando a veces, no necesariamente algo útil, pero pensaba escribía y pensaba, las tonterías no le importaban , le importaba más bien ir allí, al aeropuerto a ver aviones, tal vez solo, o tal vez con ella, pero no con alguien más porque no tendría sentido, sería una tontería. Algún día sintió estando al lado del aeropuerto que sería muy bueno volar, quizá, pero como, alas no le salen, solo sabía que la droga lo haría volar, quisiera levitar y alcanzar ojala a alguno de los pasajeros, acercársele a la ventana y decir “hola!, estoy volando como vos y no me cuesta tanto”, pero tal vez era absurdo. Siempre iba cerca al aeropuerto era a llorar, se le había convertido en un ritual, si para algunos que cultivan su físico, su ritual es el ejercicio, y para otros el sexo loco sin parar; para él era llorar, solo, decía él, en la manga del aeropuerto. Porque veía los aviones y lloraba, al llorar, y justo allá, estaba cerca de los recuerdos, de los recuerdos que no quiere que sean solo recuerdos, de los recuerdos que hace unos meses eran recientes, que le dolía no tenerlos, le dolían como cuando uno recién se quema y uno se mete la mano en el agua para apaciguar el dolor, las lagrimas eran como esa agua. Pero en algún momento el agua deja de hacer efecto y uno va necesitando como otra cosa para calmarse, el sabia que las lagrimas tal vez, si fuera posible, se le acabarían, y no quería eso, pero no quería dejar de ir al aeropuerto. No quiere dejar la brisa fuerte que le golpea la cara. No le gustaba como el espacio aledaño al aeropuerto se iba llenando de gente, de gente que invitaba gente que se engomaba e invitaba gente al aeropuerto, el maldito plan de moda. Por un momento empezó a odiar el lugar, a revolcarse en la manga porque se sentía invadido. Desde ese día dejo de ir casi todos los días. Iba solo los miércoles por la tarde. No supe si seguiría llorando, pero iba en bicicleta.
Estaba pensando en esto
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